Mis múltiples emociones me habían cansado y tenía sed de soledad. Dejé, pues, a mi tío entenderse con sus invitados como pudiera, tomé una capa de pieles y me dirigí hacia un sitio del parque, por el que sentía especial preferencia.

El parque estaba atravesado por un arroyuelo angosto y rápido, y a cierta altura de su curso, se ensanchaba y formaba una cascada que al caer entre piedras hábilmente dispuestas, tomaba un aspecto imponente y pintoresco.

A pocos pasos de la cascada, cayó una vez un árbol con las raíces en una margen y la copa en otra. Quedó algún tiempo en esa posición y cuando en la siguiente primavera quiso mi tío hacerle sacar de allí, se apercibió que el árbol había brotado vigorosamente a lo largo del tronco. Hizo colocar otro al lado de aquél y entrelazar sus ramas, plantar lianas entre ellos y con el tiempo ramas y lianas hicieron una red tan compacta como para que mi tío se jactara de tener un original puente rústico, que se podía atravesar sin más peligro que el de enredarse en los gajos y caer al agua.

Este sitio solitario, bastante alejado del castillo, era el lugar que había escogido yo para mis meditaciones.

Me detuve junto al puente cargado de escarcha, a pensar en el porvenir y a admirar los enormes copos de nieve, pendientes de la cascada al ser sorprendidos en su líquido curso por el hielo.

No sé cuanto tiempo haría que me hallaba allí, sin preocuparme del frío que me helaba la cara, cuando vi llegar hacia a mi al dulce objeto de mi ternura, como diría el poeta.

El tal objeto parecía melancólico y de muy mal humor. Venía apaleando los árboles con un bastón que había tomado en un momento de distracción del cuarto de mi tío, y la polvareda blanca que los cubría, saltaba y se esparcía sobre él.

Yo le daba la espalda a medias, pero es de pública notoriedad que las mujeres vemos de espaldas; así es, que yo no perdía ni uno solo de sus movimientos.

Ya cerca de mi, cruzó los brazos, miró la cascada inmóvil, el puente, los árboles, y no abrió la boca. Yo, en tanto, retenía el aliento y me hacía la ocupada en una ramita de pino que acababa de quebrar, pero, sin que él se fijara, le miraba de soslayo.

—Prima...