—¿Primo...?

Esperé unos instantes el final del discurso. En esto, viendo que se atascaba en el exordio, me digné dar una media vuelta hacia el orador para alentarle.

Frunció las cejas y exclamó con ansia:

—Tengo ganas de levantarme la tapa de los sesos.

—¡Muy buena idea!—repúsele yo con tono seco,—iré a vuestro entierro.

Esta repuesta le causó tanta sorpresa, que dejó caer los brazos y me miró con fijeza.

—¿Y no haríais nada por evitar que me suicidase, prima?

-No por cierto-respondí muy tranquila. ¿A qué entrometerme en lo que no me importa? Me gusta la libertad, y si tenéis ganas de abandonar este valle de lágrimas... ¡oh, Dios mío! no movería un dedo para impedíroslo. Que cada cual haga su gusto en vida.

Y me puse a observar de nuevo mi rama de pino, mientras que el objeto de mi amor, desconcertado por el modo indiferente con que miraba yo su lúgubre proyecto, quedaba desconcertado.

—Pensé, prima, que abrigarais algún cariño por mí. La primera vez que nos vimos me encontrasteis tan amable.