—¡Ay, primo! ¿de qué vale la opinión de una campesinilla, reducida a la sociedad de un cura, una tía áspera y una cocinera díscola?

—¿Es decir, que no me otorgabais vuestras simpatías nada más que por no ser cura, y tener una cara menos marchita que la de la señora de Lavalle?

—Lo habéis dicho, primo.

Él me miraba furioso, retorciéndose el bigote con despecho, y poniéndose, mal humorado el sombrero, echó a andar por el puente. ¡Oh, cómo comprendía yo los movimientos de su alma! Se sentía feliz, feliz de encontrar un pretexto para reñir, y la pegaba conmigo y del mismo modo que me había desquitado yo de mis amarguras, con mis hombrecillos de barro y con el infortunado barón de Le Maltour.

—Vuestra tía era horrible, señorita,—me dijo volviéndose bruscamente.

—Mis lindos ojos compensaban su fealdad,—respondí en igual tono.

—¡Qué buena mesa! ¡Qué buen servicio! Todo andaba sin pies ni cabeza.

—Sí; pero ¡qué pavo! ¿Cómo no moristeis de una indigestión? Lo creí sinceramente, hasta el día en que os volví a ver aquí, Dios mío... en perfecta salud.

—Sé que es absolutamente imposible el quedarse, discutiendo con vos, con la última palabra. No soy, sin embargo, un primo insoportable. ¿Qué os he hecho?

—Pero, nada. Os doy una prueba de ello, prometiéndoos acompañar vuestro cuerpo a la última mansión.