—¡Mi cuerpo!—exclamó con doloroso escalofrío.—Aun no estoy muerto, señorita. Sabed que no me mataré y que parto para Rusia.
—¡Buen viaje, primo!
Se había alejado, y creyendo no verle en mucho tiempo, crucé las manos con desaliento y dejé correr mis lágrimas, cuando le vi volver sobre sus pasos.
—Vamos, Reina, no nos hagamos los malos. Por qué nos enoja... Pero qué... ¿estáis llorando?
—Pensaba en Juno—repuse logrando hacerlo con voz segura.
—Tenéis razón, primita. Os quedáis muy sola. ¿Queréis tenderme la mano?
—Con mucho gusto, Pablo.
¡Ay! no la besó, pero la oprimió con melancolía; pensaba en una mano más bella, que había soñado poseer.
Y partió para no volver.
A pesar del frío, que ni sentía, me senté llorando junto al puente y contemplaba inclinada hacia el arroyo, caer mis lágrimas sobre el hielo.