CAPITULO V
EN DONDE LUEGO DE OTRAS COSILLAS, CUÉNTASE EL DESTIERRO DE VILLAMEDIANA

Este día 15 de Noviembre de 1618, he de señalarle en el memorial de mi vida, porque he tenido una muy grande satisfacción, y aunque cierto es que ella no cae en el logro de mis instancias, es cosa tan al alma, que téngola casi en tanto como tornarme a mi tierra con mi beneficio.

Por el amplio y soleado patio de las Losas procuraba yo matar esta mañana la crudeza de la estación, haciendo camarada con otro pedigüeño cleriguillo de Murcia, y hablábamos de las nuevas corrientes, y lamentábamos el mal logro de nuestros empleos, cuando vimos que hacia nosotros llegaban otros dos sacerdotes.

El uno alto, erguido, ya de alguna edad y de muy gallarda presencia.

En la siniestra parte del amplio y rico manteo, que burlábase despiadadamente de la pobreza de los nuestros, campeaban las gallardas aspas de la cruz de San Juan de Jerusalén.

El otro, algo más bajo de estatura, iba más descuidado, así en la indumentaria como en el aseo y pulidez de la persona. Los ojos eran grandes, negros y un tanto extraviados, defendidos por descomunales espejuelos; impetuoso tenía el hablar, nerviosos los ademanes.

Así de como los vi, paramos en nuestro paseo y cuando ante nosotros cruzaban, luego de habernos saludado respetuosamente como a colegas, fuíme para el más viejo, y parándome delante, habléle en este modo:

—Vuesa reverencia, padre mío, me perdone si por acaso le ofendo, pero tan aficionado suyo soy, que no querría salir de la Corte, y pienso que va para muy largo, sin la bendición del ingenio más grande que tiene España.

—Hermano—respondióme el tal con faz risueña y noble,—yo no soy más de un sacerdote como vuesa merced, y si mi bendición no más se le antoja, téngala luego, pero a cambio de la suya.

—Venga como quisiéredes—repliquéle,—que la bendición de Lope de Vega bien vale cuanto se pida.