Arrodilléme con toda humildad, hizo la señal de la cruz sobre mi nevada cabeza, y apenas húbeme signado púsose él en guisa de penitente y dile la mía.
A fe que no me tuviera en tanto ni me emocionara como me emocioné, si el mismo Felipe III hubiérase arrodillado ante mí en el Santo Tribunal de la Penitencia.
Beséle la mano, ofrecióme su casa, que dijo que era en la calle de Francos, dijo al otro sacerdote: «Guiad, amigo Solís, a la secretaría de don Antonio»; y echando escaleras arriba, desaparecieron por un corredor...
Adviertan si no es poco para un español parlotear mano a mano con el ilustre autor de la Dorotea.
El cleriguillo huertano, que sacándole de su misa y de su olla no tenía entendederas para más, preguntábame después si aquel compadre era alguna dignidad de la Iglesia, y díjele el nombre ilustre, viva reliquia del Parnaso Español, y quedóse tan llano como si le dijese Juan de las Viñas, pero al hacerle ver que era el mayor poeta y más insigne componedor de comedias que había en el mundo, comenzó a decir:
—¡Ta, ta!, quítese de ahí, hombre de Dios, y no mezcle esa gentecilla con las cosas santas, que cuando esa manía bellaca encarna en uno de nosotros, no entiendo sino que los demonios metiéronsele en el cuerpo y echáronle a perder. En la Iglesia había de haber más severidad y no consentirse estas carcomas, que Dios no quiere coplas, sino oraciones, que hartas miserias hay por que rogarle, y no andarse los señores curas como ciegos, inventando farsas y comedias. Hiciéranme nada más que por un día primado de Toledo, y yo le juro por los dolores de la Santísima Virgen que arreglara esto.
No dióle tiempo a rodar más por la cuesta de las necedades, porque a este tiempo tornaban los señores curas, con el caballero que iban a buscar, que hallé no ser otro que el poeta don Antonio Hurtado de Mendoza, muy afecto al Príncipe de Asturias.
Todos al paso del Fénix se descubrían, menos el clerizonte murciano, que se encasquetó la teja hasta las orejas, por mejor demostrar su encono contra los poetas tonsurados...
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Anoche, a poco más de las once, hallábase el de Villamediana en su casa de la calle Mayor, que no hacía mucho que llegara, cuando fuéle anunciada por su ayuda de cámara una visita urgentísima que no admitía demora de ningún género.