—Aquí se estará, padre—me dijo,—y no se desespere y tenga paciencia, que con la ayuda de Dios y un poco de buena voluntad de parte nuestra, todo se arreglará. Yo sé que su paternidad es hombre de conciencia, y no he de abandonarle, que yo también he pasado muy negras jornadas en la vida, y me ha sabido muy bien hallar un alma buena que me diese la mano.
Como soy cristiano, que aunque viviese eternamente no he de olvidar esta acción.
En lo posible, paguéle enseñándole las letras a un muchachico muy despabilado que tenía, y tal interés puso el diablejo del rapaz, que ya lee mejor que un escribano.
Parece que en este poco de tiempo han acontecido más cosas que otras veces en el transcurso de un siglo.
Como consigné en el papel anterior, abriéronse las puertas del destierro para algunos perseguidos, pero no cerráronse de nuevo, sino que continuaron de par en par hasta que de acá salieron otros a ocupar los puestos que aquéllos dejaban.
Diz que son, entre otros menos notables de los que han venido por la amnistía de la coronación, el almirante de Aragón, el marqués de Velada, don Pedro de Toledo y el famoso don Juan de Tassis.
Parece que el duque Cardenal, ansí como supo que estaba la puerta franca corría hacia aquí con el ansia de entrarse de rondón, y si pudiese a tornar a coger la sartén por el mango; pero a lo que se ve no está el de Olivares para Cardenales desta especie, que pudieran gangrenársele, y apenas se enteró del viaje, ganó la voluntad del Rey y envióle a Su Ilustrísima, que ya estaba a más de mitad de camino, al oidor del Consejo Real don Alonso de Cabrera, con órdenes de que se retirase a Valladolid hasta que S. M. fuese servido de mandarle otra cosa.
Con lo que el olvidado favorito parece que ya perdió toda esperanza de volver a ser quien fué, como procuraba.
Todos los demás han entrado con los mismos honores que disfrutaban cuando se partieron.
Villamediana, que diz que ha parecido muy bien a madama Isabela, ha sido nombrado su gentilhombre y repuesto en su antiguo cargo de Correo mayor.