—Quien esto cuenta, muy donosamente salpimentado a todos los que quieren escuchárselo...
—Ya sé, es doña Francisca de Tabora.
—Dama de la Reina.
—Justamente.
—Pero no sé yo hasta qué punto, y en lo que a S. M. atañe, puedan tomarse esas afirmaciones.
—¿Por qué?
—¿Vuesamerced no sabe, por acaso, que antes de partir el Conde para su último destierro era la Tabora su amante?
—¿Esas tenemos?
—Y cuando ahora llegó a la corte nuestro hombre, sin duda que parecióle que los años transcurridos habían rescado encantos a la espléndida doña Francisca, y desembarazóse un tanto bellacamente de aquel querer, que, durante la ausencia, había sostenido la dama con tanto fuero como antes de separarse.
* * *