—Apenas lleguemos a palacio—le dijo—habemos de hablar; id haciendo cuenta de que he determinado, que quiero, que ordeno que sea la última vez. En la galería de la antecámara que da a la Vega, os estaré esperando. Haced un poco de tiempo, pero no tardéis mucho...

Asintió el Conde con una ligera inclinación, y parando el caballo en firme, al mismo tiempo que hacía lo mismo la carroza, pues habían entrado en el zaguán del Alcázar, saltó a tierra y acudió a rendir los honores debidos a sus dos veces reina...

Apenas entró la soberana en su cámara, pidió quedarse sola.

Las damas retiráronse extrañadas, pues aquella hora solía S. M. emplearla en agradable y casero esparcimiento con todas ellas.

Gustaba de que la contasen las hablillas y murmuraciones cogidas en los mentideros de la corte, las galantes historietas de las damas que andaban por los platónicos campos de Cupido, y, aún más allá, por los verdes v aun escabrosos de su madre Venus.

No era cosa que le asustara ni diérale motivos para ruborizarse como una novicia, el saber que tal doña fulana, que pasaba por la virtud más incorruptible, andaba en hocicamientos con tal cual pajecillo imberbe, o estotro grave consejero.

En la corte del Rey su padre, esta clase de historietas, no ya sólo acostumbraban a referirse sin rebozo ni escrúpulo alguno, sino que luego de sabidas procurábase presenciarlas, para comparar la distancia que había de lo vivo a lo pintado.

Demás que ya el Rey, su esposo, era muy buen introductor en Palacio destas cosas.

Y como digo, aquella tarde no quiso sesión de picardía.

Licenció a todas.