Miguelico Soplillo y Agustinica Velasco, sus enanos predilectos, llegáronsela haciendo mil bogigangas y zalemas, y a entrambos los despachó arrojándoles a los pies no sé que golosinas, con que habíanle regalado las señoras monjas.
Y arrimando un taburete junto a una amplia ventana dispúsose a esperar.
Y mientras esperaba contempló la solemne puesta del sol, allá por las cumbres del Guadarrama.
Así, mansamente, con aquel plácido sosiego, ansiaba ella que pusiérase el sol de su querer, sin pena ni gloria, con mucha paz, con la paz geórgica de los valles tranquilos que ven pasar la vida ante ellos sin sufrir otra mudanza que la rápida visión de las cosas que se reflejan en la mansedumbre de sus fuentes escondidas...
Y don Juan, muy a pesar suyo, hubo de retener el momento de subir a escuchar la voz adorada de la dulce enemiga de su alma.
Primeramente hubo de atajarle un secretario de la estafeta para firmar la entrega de unos pliegos, que en la posta de aquella mesma noche habían de salir para el virrey de Nápoles.
Ello era cosa que, por ser urgencia imprescindible de su alto cargo, no había medio de retener un solo instante. Dejaba ya cumplida esta misión y ponía el pie en el primer peldaño de la escalera de Damas, cuando topóse con doña Francisca de Tabora, que venía hecha una fiera encelada.
Paróle en firme, y le llenó de insultos e improperios.
Remitieron su puesto los rencores a los llantos y a las súplicas.
Hubo evocaciones del venturoso pasado, cuando el que suplicaba era él, y ella mostrábase esquiva y zahareña; pero al fin cayó, y todo fué ventura y alegría y eróticos poemas del Amor.