—Sé que vais donde ella está—plañía, entre lágrimas y amenazas la infelice dama;—sé que ella os espera, sé que los dos sois infames, que los dos sois perjuros. A mí no puedes engañarme, porque os he sorprendido, más de una vez, por las frondosidades del Retiro y por los laberintos destas galerías, y no tuve valor para acusaros; pero si ahora das un paso más hacia donde te aguarda, juro a Dios que al son de trompetas y tambores harélo publicar como un edicto.

Disculpábase Villamediana, y esforzábase por convencerla con la mentira, y hasta llegó a amenazar y a insultar y aun a escarnecer...

Al fin, con un empellón violento, pudo apartarla; pero la triste sufrió tan cruel paroxismo, que hubo don Juan de acudir a sostenerla, que si este auxilio no prestase a fe que cayera redonda al suelo.

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Doña Isabel continuaba mirando cómo el sol se dormía.

Detrás della sintió el leve rumor de unos pasos que apenas querían tocar el suelo.

Doña Isabel sentía sobre su divina nuca el hálito del que llegaba.

No quiso volver la cabeza.

Unas manos juguetonas posáronse amorosamente sobre los ojos.

Doña Isabel exclamó, entre enojosa y adormía: