¡Vive Cristo!, qué bien supo darnos el pego el mes de Abril, que no parecía sino hermano gemelo del helado Diciembre. Tanto que, queriendo doña Isabel festejar el santo de su augusto esposo (que por la gracia de Dios es el 8 de Abril) con una comedia de circunstancias, compuesta para el caso por el Conde, húbose de desistir por la crudeza del tiempo, pues la tal pieza alegórica había de representarse en el Retiro.

Pero ahora parece que Mayo dió licencia para todo, y echada para allá la Corte, comenzaron los preparativos para tan notable festejo.

La comedia es de grande apariencia y espectáculo, y parece que ha de ser la mejor presentada de cuantas van hasta el día, pues ha de hacerse con un artificio nuevo, construído exprofeso por el ingenioso capitán Julio Fontana, superintendente de las fortificaciones de Nápoles durante el tiempo que por aquellas tierras hubo de estar el Conde.

La reina está muy consentida en que este festival llegue a celebrarse con toda la grandeza y ceremonia acostumbrada en las cosas de Palacio, y ella misma lo dispone y dirige como el más experto y examinado autor de comedias.

No han de representarla comediantes de oficio, sino todas personas de la más alta nobleza, y no entrará en ella más hombre que el bufón Miguelico Soplillo.

La misma doña Isabel tomará parte (aunque su papel no tiene palabra ni recitado alguno), representando la diosa de la hermosura.

Las damas están tan gozosas y bien empaquetadas en su nuevo oficio, que parecen comediantes formales, según lo mal que hablan las unas de las otras y lo desdichadamente que se aprenden los papeles.

Don Juan, que ha encontrado esta ocasión para estar cerca de su imposible querer, no sale de Palacio, y todo se vuelve pasar el día ensayando la aparición de la hermosa deidad.

Por cierto que con ello da ocasión a mil impertinencias, y todo ha de venir a declarar el fuego que, como hombre presuntuoso y pagado de su estampa, no sabe hacer si no dice, que es de los que afirman que las aventuras no se disfrutan bien sin la salsa picante del escándalo.

Desta comedia, La gloria de Niquea, suele decir: