Y responder el secretario, como si le pincharan en lo más sensible del honor:

—Bellaco, dad gracias a que estoy de priesas, que si no ya vos diría quién es Calleja. ¿Pensáis que se está un hombre para niñerías de firmas con este desasosiego?

* * *

Poco más eran de las cuatro de la tarde, cuando en el jardín que dicen de la Isla comenzóse, con toda solemnidad, la comedia del Conde.

Bien iba, y con sus primeros pasajes, aunque mal entendíanse por la incivilidad del verso culterano; solazábase muy bien el nutrido ateneo.

Las complicadas apariencias y enrevesados artificios (casi tanto como el lenguaje), eran cosa que tanto despertaba la admiración, como nunca vista, que a todos tenía con el alma en los ojos.

Ya había pisado las tablas doña Francisca Tabora, quien para mayor tormento de sus celos tomaba parte simbolizando el mes de Abril, y ya doña María de Guzmán, lindísima hija de los condes de Olivares, en faz de Diana cazadora, había recitado muy donosamente su parte, y la hermosa y etiópica azafata de la Reina había cantado con su prodigiosa voz aquel romance, que es el mejor fragmento lírico de toda la obra:

«Yo soy, en opaco bulto
y en obscura confusión,
con manto de estrellas, noche
negra, imagen del temor.

Soy cómplice tenebroso
de cuantos hurtos Amor
no fía de las auroras
y esconde a la luz del sol.

Amadis, duerme seguro;
duerme, que en sueño no
puedes temer los peligros
desta encantada ilusión.»