Rosa.

(Aterrada.) ¡No, Juan José! ¡Te lo suplico!... ¿Quieres que te lo pida con los brazos en cruz?... ¡No le esperes!... ¡Perdóname!... ¡Vete!

Juan José.

¡Perdonarte cuando pides por él!... ¡Irme!... ¡Claro; tan hecha estás á mandar en mí, á que nunca haya dicho «no» cuando me has suplicáo, que hasta ahora mismo, en este momento, crees que te haré caso, que me iré!... Crees mal; no me voy. Espero.

Rosa.

¡Por piedá!

Juan José.

¡Piedá!... ¡Á otros hombres pueden ablandarles el corazón pidiéndoles por sus padres, por sus hermanos, por sus hijos, por un cariño que tire de ellos!... ¡Á mí, no! ¡Yo no he tenido padres, ni hermanos, ni familia!... ¡Nada!... ¡Te tenía á tí, y te he perdido! ¡No hay nadie que pueda llamar á éste, (El corazón.) nadie! ¡Conque no supliques, porque tus súplicas dan en piedra!

Rosa.

¡Oye!...