Eres un chico de la escuela.

Juan José.

No sé lo que soy; sólo sé lo que me sucede; sólo sé que Rosa no es la misma de antes pa mí. (Con tono sombrío.) Y luego, Paco, ese mozo que no ha tenido más que hacer en el mundo que heredar la parroquia y los dineros de su padre, no la deja ni á sol ni á sombra. Él se figura que no me entero. ¡Sí me entero! (Con acento amenazador.) ¡Que lleve cuidáo!

Andrés.

Serán cavilaciones tuyas.

Juan José.

No lo son, Andrés no lo son. Hace tiempo que le vengo oservando. La otra mañana me fué Rosa á buscar á la obra, y Paco se puso delante de ella y empezó á soltarle requiebros y pasearle por los ojos sus déos llenos de sortijas, y á decirle, mirando pa mí y como en broma. «¡Qué suerte tienen algunos hombres y qué mal ganáa!...» Ella se reía de oirle, y yo... Yo seguía trabajando mientras bromeaba el señorito, y me fijaba en él, y á la vez que en él, en mi blusa remendáa y en su ropa nueva, en el yeso que había en mis manos y en las sortijas que había en las suyas; y sentí... No sé lo que sentía entonces, pero apreté con rabia el mango del palustre y estuve á punto de meterle por el pecho adelante, aquella herramienta manchada con la cal que nosotros amasamos pa que él se luzca...

Andrés.

(Con zumba.) Haberlo hecho, y después, ¡á presidio!... (Con ironía triste.) Tienes una manera de arreglar las cosas, que da gozo.

Juan José.