Rosa.

¿Le defiendes?

Toñuela.

Pues claro. Si te vió con quien le da celos, ¿qué iba hacer? Si yo me hubiese atrevido á lo que tú, y Andrés se hubiera portáo como se portó Juan José, más le querría yo desde entonces, y todo lo llevaría á gusto sabiendo que él se jugaba la vida y el pan porque otros ojos que los suyos no me mirasen como él me mira.

Isidra.

(Con ironía.) ¿Sí?

Toñuela.

No era mi hombre, y se me erizó la carne de orgullo cuando le ví ponerse delante de la puerta y decir: «¡El que la desee, que salga á buscarla!» El otro no salió; por supuesto, hizo bien. Si sale, de la puerta no pasa. Había en la cara de Juan José algo que hablaba y que decía: «Al que se la atreva, lo mato.»

Isidra.

Calla, mujer, calla. ¡Paéce que te has pasáo los años leyendo esas historias que tiran por debajo de las puertas á cinco céntimos el cuaerno!