"¡Quién estuviera en Matanzas! me digo algunas veces; ¡quién fuera Pimienta! ¡quién fuera Plácido! me digo otras. Pero no, mi señor, venceré el contajio del entusiasmo patriótico i resignado en lo posible, regresaré al seno de su familia, tan pronto como disminuyan a lo menos los peligros de un viaje, en medio de este torvellino revolucionario.

"Que no se aflijan por mi ni la señora Raquel ni la señorita Berta, i que, lo mismo que Ud. señor, cuenten siempre con el cariño respetuoso de su humilde servidor i camarero.

Gabriel de la Concepcion Valdés.

Trinidad, julio 10 de 1844."

Ayes i suspiros interrumpieron mas de una vez la lectura; i cuando ella concluyó, Raquel i Berta derramaban un diluvio de lágrimas. Arturo agotó en vano todos los recursos del consuelo, i Manfredo los de la refleccion.

—¿A qué atormentarse tanto? agregó el primero por la suerte de un hombre al que ¡si bien quieren mucho, no les toca de cerca!

—¡Era tan bueno! repuso Raquel, ocultando el semblante lloroso entrambas manos.

—¡I le queremos tanto! agregó Berta. ¡Como no hemos de llorar por él cuando hace tantos años a que le conocemos! ¡cuando ha vivido en casa cobrándonos tanto cariño!

—Pero Berta, fíjese que se trata de un simple camarero i no de un hermano, dijo Arturo.

Raquel le contestó con cierta desazon: Eso nó, Arturo; porque puede uno llorar por la muerte del perro de la casa. I Gabriel era el compañero de nuestros sufrimientos i el partícipe de nuestras alegrias.