—Si es así....

—¡Ah! no le estrañe Arturo tanto llanto i dolor, agregó Manfredo. Mi hija es de las que borra con sus lágrimas las pájinas de una novela. Yo la he sorprendido muchas veces con un libro abierto sobre las faldas i el rostro mas contristado i lloroso que el de una Magdalena. ¿No es cierto, hija mia?

—Bueno es el sentimentalismo, pero no cuando se hace una enfermedad, contestó Arturo.

—Esa enfermedad la contajian las novelas i los versos. ¡I mi hija es tan aficionada a ellos!

—Es que el corazon no se manda papá.

—I en verdad que ya habia notado la desicion de mi prima a la poesia. ¡Linda aficion! Toda mujer de corazon es aficionada a lo bello. ¡I la poesia dice tanto al corazon! Quiere decir que tenemos que leer muchos versos, Berta. ¿No es verdad? dijo Arturo aproximándose a ella con ternura i delicadeza. Allá en Madrid, cuando respiremos en un mismo hogar, pasaremos bellos dias de campo leyendo versos.

Berta lloraba sin contestar.

—Aquel poeta cuyos versos leimos no há mucho tiempo, aquella tarde en el huerto, ¿no era tambien Plácido?

—Sí Arturo.

—¿I será el mismo?