Sonó repentinamente la campanilla de la puerta. Manfredo iba a salir, pero Arturo se le anticipó con lijereza, diciéndole: no se moleste tio, iré yo a ver quién es, i salió precipitadamente.

Un hombre de humilde aspecto, algo encorvado por la edad, con el sombrero lijeramente abollado, un gruezo baston bajo el brazo i un rollo de papeles en la mano se paseaba a lo largo de la reja de la calle.—Era una de esas ejecuciones con levita que vomitan los tribunales, que se llaman procuradores i que todo el mundo mira como a pájaros de mal agüero.

Conversó un momento con Arturo, i éste a las primeras palabras que cambió con aquel llevó la mano a la frente dando un paso atrás i quedando despues indesiso i pensativo. Iba a regresar al salon para participarle a Manfredo disimuladamente lo ocurrido. Pero a la sazon se aproximó éste a la puerta i Arturo le llamó haciéndole una señal con la mano. Manfredo que lo comprendió todo, acudió a su encuentro con el rostro mas sombrio que el de la muerte. I en efecto, ¡llevaba la muerte en el alma! Empeñóse entre los tres una conversacion ajitada. Inútil fué que Arturo, en actitud amenazante, pusiera la mano sobre el hombro del siniestro recien-llegado para imponerle silencio. Levantó este la voz i puso en alarma la familia que salió i se apercibió del misterioso asunto, de la sentencia de muerte contra su fortuna, escrita en esa hoja de papel que traia en la mano ese verdugo de la tranquilidad.

Manfredo habia perdido al juego el último resto de su fortuna. Tiempo hacia que sus acreedores, los amigos de la vísqera, le ejecutaban sin conmiseracion; i era llegado el caso de pagar su deuda, de grado o por fuerza. La casa, en cuyo valor no tenia sino una parte, debia ser rematada en subasta pública. Las deudas exedian a su haber. Su familia debia quedar literalmente en la calle, en brazos de la miseria. Los propósitos mas siniestros cruzaron por su mente, como pasó Verther por la cabeza de Gœthe. El supremo remedio de la suprema debilidad; el único crímen que no dá lugar a arrepentimiento fué su única esperanza.

Temeroso de empañar el lustre de su familia ante el pretendiente de la mano de su hija sepultó el secreto en el sijilo mas profundo. A haberlo traslucido habria comprometido talvez el porvenir de su hija. Porque bien podia un hombre opulento, soberbio i caballerezco como Arturo, verse obligado aun a destiempo a renunciar a la pasion mas encarnizada, siendo inspirada por la hija de la cómica i el jugador. Porque el amor pasa i la deshonra queda, porque el decoro se sobrepone aun al delirio del amor.

Padres e hijos estaban entregados en brazos de la desesperacion mas completa. Cada uno llevaba un puñal atravezado en el alma. Manfredo el torcedor del remordimiento. La madre la imájen de Gabriel; la hija el melancólico recuerdo de Plácido i el suplicio de su enlace con Arturo.

¡El ánjel de la adversidad batia sus alas sobre ese hogar! las batia pero las plegaba a la vez.

Arturo despues de desplegar la ternura mas esquisita por Berta i el cariño mas solícito por Manfredo, llamó a éste a su habitacion. Largo rato conversaron encerrados en él. Berta i Raquel esperaban ansiosas el desenlace de aquella escena. El temor inmotivado i la esperanza vaga luchaban en sus conjeturas. Detrás de la ansiedad vino el sociego.

Arturo, bajo su palabra de honor, se comprometió con Manfredo a pagar su última deuda, rescatar el valor completo de la casa i asignar a su familia una pension mensual, tan luego como recibiera una libranza de España. Acordaron tambien, para el entretanto, pedir un plazo a los acreedores, obligándose a pagarles el interés corriente.

Un abrazo ferviente i lágrimas de gratitud coronaron la entrevista.