Varios reos, i entre ellos el mencionado don Jorje Lopez, deben ser conducidos a Matanzas i juzgados allí.
Así los designios de la Providencia mas poderosos que los conciliábulos de los hombres han hecho caer en tierra la bandera de la libertad que flameaba por primera vez en las manos del pueblo. A su sombra se han reatado las cadenas de la servidumbre i los héroes han muerto sonriendo, porque han muerto por la patria. ¡Que la tierra les sea lijera! ¡que la bendicion de Dios sea la almohada de su eterno sueño!
Pronto tendrá el placer de abrazar a Ud. aunque mui de paso, su adicto servidor i camarero.
Gabriel de la Concepcion Valdés".
El mulato cartero al presentar esta correspondencia lloraba amargamente. Manfredo al recibirla le preguntó en tono insinuante i compasivo: ¿qué tienes?, ¿por qué lloras?—¡Qué ha de ser señor! ¿que no ha sabido su merced que ha fracasado la revolucion i que se ha derramado tanta sangre entre los hombres de color? dijo, i al retirarse lloraba todavia.
¡Cuán hondas i contrarias impresiones produjo la lectura de esa carta! ¡Lágrimas de dolor por la suerte infortunada de los revolucionarios, lágrimas de alegria por haber salvado Gabriel de los horrores de la revuelta! Raquel juntaba las manos sobre el seno bendiciendo al cielo por la suerte feliz del camarero. Manfredo comprimiendo la frente entrambas manos llegaba hasta a renegar de su patria al lamentarse por la suerte desgraciada de los vencidos i la ferocidad de los vencedores. "Plácido dicen que ha fugado" decia la carta, i esa frase cayó al corazon de Berta como la gota de agua al desierto abrasado.
—Ya vé Ud. señora, como el tiempo ha desmentido tan pronto sus temores, dijo Arturo.
—¡Bendito sea Dios que así haya sido!