—I así tenia que ser; porque en su carta anterior asegura que no tenia intencion de rolarse en la política. I porque al través de esa carta se trasluce un carácter pusilánime i apocado, i un cariño por Uds. que se sobrepone a todo.
—Es que Ud. Arturo no conoce a Gabriel íntimamente. Tiene al contrario un carácter impetuoso i arrebatado.
—Pero en todo caso, señora, eran lágrimas i sentimientos mui malgastados los de Ud. i su hija.
—Qué quiere Ud., ¡es tan simpático Gabriel..! ¡nos quiere tanto! Él tiene cariño hasta por las plantas del huerto, i a su vez le quieren a él hasta los perros de la casa, dijo Raquel i el tinte del rubor pareció asomar a su rostro.....
Raquel despues de muchas conversaciones del mismo tema i por el mismo estilo, ordenó a los esclavos que asearan el cuarto de Gabriel, que desempolvaran sus muebles i sacudieran su hamaca. I no contenta talvez con dar i hacer cumplir sus órdenes, fué personalmente a revisar la pequeña habitacion del camarero, como en aquel tiempo en que se instaló por primera vez en la casa. Un alborozo mal disimulado animaba sus palabras, sus acciones, su rostro i su mirada....
No sabria decirse si es mas débil la mujer para recibir impresiones o para ocultarlas. Piensan muchos i dicen todos que su talento se despliega cuando está al servicio de la mentira; pero piensan i dicen mal. La mujer miente con las palabras, engaña con las promesas, pero su mirada es mas indiscreta, su faz trasparenta mejor el sonrosado del rubor, su voz es mas suceptible de apagarse al grito de la conciencia, su aliento mas débil para cortarse con la impresion que alhaga o que acongoja, tanto mas espansiva, cuanto mas íntima. Calla a veces.... ¿i qué importa su silencio? ¿No está su rostro al capricho de sus impresiones, como las caras de esas pantallas trasparentes que cambian con el juego i los matices de la luz que las alumbra? Raquel a su pesar, trasparentaba su alegria.
XXVIII
Dos dias despues (25 de julio) las sombras de la noche comenzaban a abrazar la naturaleza. El rayo del sol, el ala de la alondra, el bullicio de las calles, empezaban a decir adios.
Manfredo i Arturo habian salido a hacer ciertas compras en el comercio. Berta lloraba en torno de un ataud, junto a un cadáver querido, al de un músico tierno. ¡Llanto lejítimo! ¡le amaba tanto! Sus dulces armonias la arrullaban a todas horas, su canto embriagaba su corazon.