—Viene, señor, con el mulatito que le ofreció a la señora. I acercándose a Berta, que estaba distraida atendiendo a su hermanito, la dijo al oido:
—Señorita Berta, ha llegado el mulatito Gabriel.
—¿Dónde está? esclamó ella entusiasmada.
—Está afuera.
—¡Mamá! ¡mamá!, ¡Gabriel ha llegado! Voi a conocerle, dijo palmoteando las manos de alegria, e incorporándose en su asiento para ir en su alcance. Pero el padre la detuvo, diciéndola.
—¡Tranquilízate, niña, i no te muevas de tu asiento! Ya he ordenado que lo introduzcan aquí: ya vendrá.
—¿Pero qué importa que Berta vaya tambien a traerlo? replicó la madre.
—Es que con esas exajeraciones i alharacas ensoberbecen a los sirvientes, i despues se quejan de la misma soberbia que les han inspirado.
Oyóse ruido de pasos en el corredor: todas las miradas principiaron a fijarse en la puerta.