Berta se ajitaba intranquila en su asiento. Alberto palmoteaba la mesa i proferia palabras de júbilo infantil.
Solo Raquel permanecia con una impasibilidad imperturbable, que no revelaba impresion alguna, aunque fijándose bien en su fisonomia se traslucia en su alma una melancólica indiferencia.
X
El momento deseado llegó por fin.
Un mulato adolescente pisaba con cierto aire modesto i arrogante a la vez, el umbral de la puerta del comedor, seguido de la consabida costurera que le acompañaba con esa risueña complacencia que se anticipa a veces a un éxito feliz.
De una estatura que parecia anticiparse a su edad, espigado, de cara casi redonda, frente preñada i lijeramente espaciosa, de negros, grandes i chispeantes ojos, mejillas algo abultadas en las que se revelaban la salud i la lozanía, labios encendidos i pronunciados cuya sonrisa mostraba las curvas de su dentadura tan blanca como un teclado de concha de perla en miniatura, de cabello tan crespo i menudo como el de un negro. Tenia tambien en su aspecto cierto erguimiento natural que parecia la emanacion involuntaria i sincera de un amor propio bien entendido i cierta, elegante flexibilidad en su porte i sus maneras que contrastaba con su aspecto i su color. La dulzura de su espresion, que parecia traslucir la bondad de su carácter se armonizaba con la seriedad de su continente, que anunciaba la madurez casi prematura de su juicio i de su intelijencia. En el movimiento de sus labios prontos a desplegarse a la primera impresion, en el fuego de sus rasgados ojos sobre cuyas negras pupilas parecia arder la chispa del talento, en su ceño al parecer casi siempre contraido por la fuerza del pensamiento, se revelaba, a primera vista, que el rayo de luz que iluminaba su intelijencia, reflejábase tambien sobre su rostro oscuro pero simpático.
Apenas el mulato se presentó en la puerta del comedor, todos los ojos llenos de curiosidad se volvieron i se fijaron en él. Todos, pues ya habian acabado de comer, se levantaron de la mesa con mas o menos precipitacion i rodearon a Gabriel. Este, despues de hacer una vénia profunda i respetuosa, permaneció de pié en direccion a la puerta.
Manfredo i Berta le colmaron de preguntas, i como a todas contestase con monosílabos, golpeándole Manfredo la espalda, i sonriendo con jovialidad le dijo:
—Vaya que eres un hombre de pocas palabras; la concision de tus respuestas te hace adecuado para ministro de Estado.