Gabriel al oir estas palabras, inclinó lijeramente la cabeza como para ocultar una sonrisa picarezca.

Alberto, el niño mimado de la casa, brincaba de alegria, palmoteaba, i dando gritos de júbilo infantil, al verse con un nuevo compañero, abrazó de la cintura a Gabriel i sin desclavarle los ojos le decia:

—¡Ya tengo con quien corretear en el huerto! Mira, tu jugarás conmigo al volantin; yo te regalaré los juguetes que me dió mi papá en premio de la buena leccion de lectura que le dí a mi madre.

Gabriel miraba, sonreia i acariciaba al niño en silencio.

Raquel entretanto contemplaba fijamente i con la frente algo inclinada al mulato huésped. Habia cierta vaguedad sombria en el semblante de esa mujer, cierta espresion de tristeza en su mirada, en su actitud, i hasta en la posicion de su mano sobre la que descansaba su sien con una especie de melancólico abandono.

—Pero, en fin, prorrumpió nuevamente Manfredo, dirijiéndose a Gabriel, ¿cuál es tu oficio? ¿cuál ha sido tu ocupacion hasta ahora? ¿quienes te conocen a tí que puedan recomendarte por tu buena conducta? ¿Cuál es tu familia? ¿Tienes padres? Las recomendaciones que hace de tí Carolina, son en verdad mui satisfactorias, pero, con todo, es preciso que te oigamos a tí mismo, porque nadie mejor que tu puede darnos cuenta exacta de tu vida, de tu conducta, de tu oficio (si lo tienes) i sobre todo, de tu nacimiento, porque las condiciones de un hombre, en cualquiera esfera a que pertenezca tienen su oríjen por punto de partida.

Gabriel, dirijiendo una significativa mirada a Manfredo, le contestó:

—¿Para todo, señor hace Ud. tanto gasto de desconfianza?

—¡Qué respuesta tan oportuna! murmuró volviendo el rostro Raquel.