—¡Ah! yo no te creo uno de esos aventureros errantes, sin asilo fijo, que no son útiles para nada, i lo que es mas, que no saben de dónde vienen ni a donde van en el camino de la vida; pero tu ves que es natural que antes de introducir a una persona en el seno de una familia, se cerciore uno de todo lo que se relaciona a su respecto. I tanto para mostrarte que soi franco contigo, como por inspirarte confianza, te diré que te esperábamos favorablemente predispuestos, i que noto desde luego que has causado una buena impresion en los de mi familia. I si tu proceder como lo espero, es ajustado, tendrás en mi esposa i en mí, algo mas que los señores que no presentan a sus sirvientes i esclavos sino un ceño airado, conforme a la despótica educacion española.—Ademas, Gabriel, satisfaremos tus necesidades; haremos las veces de tus padres, i vivirás bajo el ala de nuestra proteccion i cariño.
Despues, Manfredo, como indicando que habia acabado de hablar, se sentó sobre un mullido sillon de balance i comenzó a mecerse en silencio fijando con atencion la vista en Gabriel.
Este a su turno bajó la cabeza i los ojos, pasó la mano por la frente, mas de una vez, como para reprimir su emocion, i calló.... ¿Calló para no proferir una palabra mas? ¿Calló por que su conciencia se sentia abrumada al peso de las interpelaciones de Manfredo, o por que se ruborizaba, tal vez, de no tener que contestar satisfactoriamente?
Nó; rompió su largo silencio con la voz tan trémula de emocion que parecia anudársele en la garganta, i dijo:
—¡Ah!, señor, me ha arrastrado Ud. por las mas violentas i opuestas emociones. Sus palabras han hecho vagar mi corazon entre la humillacion i la complacencia, entre el temor i la desconfianza, entre el dolor i la felicidad. Detrás del primer impulso de simpatia con que Uds., me favorecian vinieron las sospechas i las desconfianzas de mi persona. I a la verdad, señor, que no sé qué contestar a las diferentes preguntas que me hace Ud., ni sé tampoco por cual comenzar.
—Mas calma Gabriel; si tomas el peso de mis palabras verás que todo lo que te he dicho está en sus cabales i que no hai en ellas nada de irregular.
—Señor, no crea usted que he perdido el sociego: voi a probárselo.
—¿Como?
—Contestando con serenidad a todas sus preguntas.