—Te oiré con gusto.
—Bien señor; me preguntaba usted por mi oficio. Mi oficio, señor, es el humilde oficio de peinetero. Apesar de mi poca edad he adquirido una destreza tal en la fabricacion de peines i peinetas de carei, que muchísimas señoritas de Matanzas, prefieren las mias a la de cualquier otro artesano. I puedo asegurarle con lejítimo orgullo, que hé adquirido ya alguna celebridad en mi oficio.
—I te encuentro razon para estar contento de ello, dijo Manfredo, interrumpiéndole.
—En verdad, señor; por que aun que esa humilde celebridad del artesano no tiene el noble lucimiento de una profesion científica, o la brillantez aristocrática de la carrera literaria, puesto que es debida a simple destreza de manos que el hombre mas imbécil puede adquirir con un poco de paciencia i asiduidad, sin embargo, asegura a lo menos el sustento diario. La mayor parte, señor, de las personas que van al taller del que soi oficial, preguntan con marcada preferencia por las peinetas fabricadas por Gabriel.
—¿I de donde te viene tanta celebridad?
—La razon es sencilla señor.
—¿Cuál? Por que por buenas que sean las peinetas que tú haces, tú comprendes que no pueden igualar a las estranjeras.
—Es verdad, señor: pero el patron de mi taller vendia mas baratas las mias que las estranjeras, i ademas contribuyó para que yo adquiriera lo que los artesanos llamamos parroquianos, el que yo distribuia mis peines i peinetas por todas las casas, lo que no hacia nadie.
—En efecto, Gabriel, era esa una ventaja considerable.
—I ademas, señor, puedo agregar, en obsequio de la verdad, que tuve la suerte de ser simpático a mis parroquianos, a tal punto que noté mas de una vez que habia casas en las que preferian mis peinetas a otras de igual precio i superior calidad, en fuerza de la simpatia que yo inspiraba.