—¿I en donde estaba tu taller?
—Mi taller, señor, está en la esquina de la plaza, cerca de la botica alemana.
—¡Ah! ya recuerdo haber visto allí una peineteria. I si mi memoria no me engaña, creo alguna vez haberte divisado al pasar por ahí.
—No seria raro, señor.
Rafael, Berta, Albertito i la costurera Carolina escuchaban entre tanto atentos el diálogo de Manfredo i Gabriel.
—Ya usted comprenderá, señor, agregó Gabriel, que no faltan personas que me conozcan. De entre ellas podria indicarle cuantas guste para que me recomienden ante usted. En cuanto a mi honradez, me humilla señor, sobre manera, que el que ha sido siempre escrupulosamente severo con ella, tenga, sin embargo, necesidad de probarla.
Yo creo, señor, que el trabajo que santifica al hombre, un nombre oscuro pero sin mancilla i el pan que se lleva a los labios cuando ha sido amasado con el sudor de la frente, responden de la honradez de una persona.
—Pero si tu oficio aseguraba tu subsistencia i tenias cariño por él como se trasluce al travez de tus propias palabras, ¿por que lo abandonas a trueque del servicio doméstico, cuyos salarios son tan mezquinos en este país, en donde el rico esplota el trabajo del pobre? I aun cuando esos salarios fuesen grandes, ¿podrian nunca igualar a las ganancias que te proporcionabas probablemente siendo ya un acreditado artesano?
—¡Ah! señor, cualquiera que escuchara sus reflecciones las creeria incontestables a primera vista, i sobre todo sin oirme. Pero no es así, el avaro artesano, en cuyo taller trabajaba yo, esplotaba de tal modo mi trabajo, que solo me dejaba de las utilidades tan escasísima parte, que apenas si alcanzaba a satisfacer mis necesidades i las de una pobre anciana que vivia a mis espensas en los últimos dias de su vida.
—Pero Gabriel, ¿no contaste con el porvenir?