—¡El porvenir!.... esclamó desconsolado Gabriel.
—I a la verdad, me parece que debiste haberlo tomado en cuenta, porque mas tarde habrias podido poner un taller, ser su jefe, i ganar mucho, i quizá llegar a enriquecer.
—Para poner, señor un taller propio, habria necesitado un capital o una proteccion que no tenia. El trabajar como dependiente, en el taller ajeno, no es sino para verse esplotado en beneficio de otros.
—Pero esos, a mi ver, no eran inconvenientes insuperables, Gabriel.
—Usted, señor, no me conoce aun. I el abandono de mi oficio ha sido un tributo a la independencia de mi carácter. Ademas, mientras otros quieren el dinero, yo lo miro con el mas profundo desprecio. Jamás he llevado impreso en mi corazon ese pedazo de vil metal que los hombres adoran. Prefiero mil veces las delicias de las dulces afecciones domésticas, de las que me he visto siempre desheredado, el aprecio íntimo de una persona querida o los encantos del hogar, a una montaña de oro. Prefiero una mirada cariñosa, una caricia sincera, un seno donde reclinar la cabeza, a todas las fortunas del mundo. Yo desde mui niño sabia que la jeneralidad de los hombres no piensan ni sienten como yo a este respecto; pero me inspira un goce indefinible la idea de ser una escepcion entre ellos. Por otra parte, señor, yo sentia mortificado mi amor propio al tener que tocar, a la manera de los mendigos, las puertas de los opulentos, para ofrecerles, como quien pide una dádiva, el fruto de mi trabajo honrado. Si la fortuna hubiera podido conducirme a una digna posicion social, la habria mirado como un don inapreciable para mí, como el ala de mis mas nobles aspiraciones. ¡Ah! pero eso era imposible, ¿De qué me habria servido, señor, tener una fortuna si todos hubieran dicho: Gabriel de la Concepcion Valdés, el mulato, el bastardo, el artesano?
—¿Bastardo? esclamó Manfredo.
—Hé ahí por qué, señor, continuó Gabriel, prefiero vivir, sepultado en el fondo de un hogar doméstico, olvidado de los conocidos de antes e ignorado de todos. Al menos, no habria humillacion en ese olvido, no lo habria en servir a mis señores, porque el cariño recíproco me ligaria con ellos i me elevaria a su altura.
—¡Bastardo! te he oido decir con sorpresa, mi querido Gabriel.—¿Eres bastardo?
—Bastardo... dicen que soi, señor. Yo no conozco mi oríjen. Mi pasado está lleno de vacio i oscuridad. Yo soi el fruto que ignora de que árbol se ha desprendido. No recuerdo haberme mecido en el regazo maternal. ¡Oh! ¡qué entrañas debió tener esa madre, si es que fuí abandonado por ella!.... Es imposible que esa mujer sea feliz, pero Dios quiera que lo sea, porque yo, aun sin conocerla, ¡la amo i la perdono!..