Las dos mujeres que dejamos a la puerta, penetraron por fin al interior del hospital. Apenas asomaron al umbral de la capilla i divisaron al reo que oraba de rodillas, Raquel que era una de ellas, se precipitó hacia él como un rayo, dando un alarido hiriente i esclamando como una loca: ¿Gabriel?... ¡mi querido Gabriel! Berta, que era la otra, la seguia confundida i llorosa. Gabriel con los ojos que le relampagueaban volvió el rostro i acudió a su vez a arrojarse a los piés de Raquel. Exalaba éste un ronquido desapasible, erizábansele los cabellos i empalidecia como una estátua de mármol.
—Jamás perdí la esperanza de que este consuelo me visitara aun en este último asilo de mi desgracia, profirió el pobre mulato, poniéndose de pié, asido de las manos de su señora.
—El corazon, Gabriel, me ha arrastrado hasta aquí, repuso Raquel.
—¡Dios la bendiga, señora mia! ¿I quién la notició de mi llegada?
—Carolina, esa mujer que por órden mia te introdujo al seno de mi familia.
—¡Por órden suya!... dijo Gabriel atónito.
—Mi vida fué un suplicio no solo desde tu viaje a Trinidad sino desde que ví aquellas cartas que blanqueaban sobre la mesa de tu cuarto: algo funesto me presentian.
—¡Oh! señora, ¡que noble es el corazon! en efecto esas cartas eran los hilos de la conspiracion que yo manejaba desde el humilde cuarto del camarero. ¡Ah! ¡si hubiera sabido que en ellas escribia con mi propia mano, mi sentencia de muerte!
—Invado, Gabriel, la capilla despues de haber tocado sin fruto las puertas de tu calabozo, dijo Raquel ahogada en llanto, i agregó en seguida: ¡pero tu me has engañado! nos hiciste comprender que no te habias envuelto en la revolucion; que estabas libre.
—Acostumbrado, señora, a ahogar mis lamentos i mis desgracias en lo mas hondo del alma, acostumbrado a padecer en silencio, quise ahorrarles siquiera algunos momentos de afliccion.