—Yo tambien señora, cumplo con el mio al agradecérselo a Ud. aun al borde de la tumba. Aunque sin usted habria ya dejado de existir talvez cuanto há un huérfano infortunado, i habria habido un mártir menos entre los mártires. Porque mi vida....
—Gabriel, ¡silencio, por Dios!
—¡Oh! señora... ¡es imposible enmudecer la conciencia i ahogar el corazon! Estoi seguro que si la autora de mis dias descansa el sueño eterno, se estremecerán sus cenizas al presentir el infortunio que enjendró mi orfandad. I si ella me sobrevive, irá mi sombra ensangrentada a turbar su sueño desde la cabecera de su lecho.
Raquel sin proferir una sola palabra cubrió de lágrimas i besos las manos del mulato.
Berta aproximándose a Gabriel i bajando la voz le dijo con cautela: Gabriel, ¿es cierto que Plácido ha fugado?
Levantando el rostro, comprimió la frente entre sus manos el consternado Gabriel; se esforzó por articular una palabra. ¡Imposible! El corazon en su pecho moria como la voz en su garganta. Empapó en llanto sus cadenas; i despues de una larga pausa esclamó con voz entrecortada:
—No señorita; Plácido no ha fugado.... Plácido está preso... Plácido vá a morir... Plácido... ¡soi yo!
Berta, estremecida, contrajo el ceño i dió un paso atrás sin desprender la atónita mirada de Gabriel. Este a su turno esperaba la última sentencia contra su corazon, i despues de un momento de silencio continuó: Yo sé que la raza ya que no el alma me hace indigno de Ud. Yo sé que mi color es la maldicion que Dios hizo caer sobre mi cuna; yo sé que mañana mientras mi sangre i mis cenizas esten calientes aun, Ud. se ligará a Arturo de Bilbao. Pero quiero tambien que Ud. sepa que subiré las gradas del cadalzo amándola, ¡que amándola he vivido, que amándola bajaré a la tumba! I bien se puede abrir el corazon en el umbral de la eternidad. ¡Allí de rodillas la esperará mi sombra envuelta en su sangriento sudario!
Berta estaba fria i pálida como un cadáver.
Raquel iba en ese momento a interponerse entre ambos, pero Berta al palpar la amarga realidad de aquel amor ideal, al recordar al apasionado poeta que vaciaba su alma de fuego entre los versos i las flores de la ventana, al comprender que por ella habia buscado la muerte, despues de algunos ímpetus estériles de suprema indecicion, arrancó de su dedo el anillo de brillantes que simbolizaba su alianza nupcial con Arturo i lo arrojó a los piés de Gabriel, diciéndole: