—Yo sin conocerte te amé tambien locamente. I si tu no puedes acompañarme en la felicidad, quiero acompañarte en la desgracia, mi Gabriel de antes, ¡mi Plácido de siempre!....

Gabriel entonces se arrojó a los piés de su amada i posando la frente sobre sus delicadas manos, iba a jurarle un amor de ultra-tumba, pero la madre se interpuso nuevamente entre ellos diciéndoles: ¡Dios santo! a qué jurar esa alianza, si la eternidad vá a separarlos. ¡El delirio del amor, Gabriel querido, es impotente para ligar la vida i la muerte! Sobre todo, hija mia, ¡reprime el vértigo que te domina, i acuérdate que ya no te perteneces!......

Berta pálida i temblorosa como la luz que muere en el santuario, pareció sentir allá en el santuario del alma una vacilacion horrible, al son de las palabras de su madre. Cayó desmayada en los amantes brazos de Plácido murmurando levemente: ¡Dios ha puesto un abismo entre los dos!....

—¡Si! ¡el abismo de la tumba!... esclamó Gabriel desesperado.

—¡I el abismo del deber!... agregó Raquel, con tembloroso acento.

Las turvas desveladas se ajitaban entre tanto en las puertas de la capilla. Oyóse repentinamente un ruido estraño i la algazara acreció. Un jinete a galope tendido cortaba el aire ajitando un papel en la mano.

Cruzó la multitud i tendió su caballo en la puerta del hospital gritando: ¡Plácido está salvo!... ¡Se ha conmutado su pena a cinco años de presidio! La noticia cundió rápidamente. La muchedumbre ebria de alborozo, ajitaba los sombreros i saludaba con un coro de gritos la redencion del mártir, la salvacion de Plácido.

¡Que rápida mudanza! Tornóse el dolor en alegria, las tinieblas en luz, la capilla del condenado en un santuario de amor, i sus cadenas en lazos de flores..... ¡Eran los funerales convertidos en festin!