—¡Si, hijo mio! contestóle Raquel llorando i sacudiendo su suelta cabellera; ¡sí Gabriel!... ¡Berta es tu hermana!

—¡Oh! ¡maldicion del cielo! dijo, cayendo de rodillas i levantando los brazos al cielo. Hace un instante nos separaba el cadalzo, i... ¡ahora el tálamo materno! ¡Caiga un rayo sobre la frente del desgraciado! ¡Ayer era yo el fruto del misterio i hoi el hijo del crímen! I el crímen de haber nacido prefiriera mil veces espiarlo sobre las tablas del patíbulo. ¡Oh madre mia, ven a mí! quiero estrecharte contra mi corazon. Reclinaré por primera vez mi frente sobre el seno maternal.

—¿Cómo no sentiste, Gabriel, en mis entrañas de madre el fuego de mi amor? ¿como no viste que mis lágrimas destilaban ese amor? ¿Ni siquiera mis miradas te revelaban el misterio?

—¡Oh! ¡madre mia! ¡a gritos me lo decia el corazon! dijo arrojándose a sus brazos.

Sonó la hora suprema de otra revelacion del porvenir. El vago clamor de una campana, como el tañido de una campana fúnebre, rasgaba el aire. La multitud se ajitaba ruidosa. El viento que penetraba silvando por las rejas de la capilla apagó algunos de los cirios que ardian en torno de un crucifijo. No se oia sino el rumor de las cadenas de los reos, de esas cadenas que parecian estremecerse i cuyos eslabones misteriosos parecian ligar momentaneamente la vida i la muerte. Los prisioneros, esos solitarios melancólicos, esos proscritos del mundo, vagaban con el alma preñada de lobreguez en medio de la oscuridad de sus calabozos. I esos amantes, a la luz de los relámpagos que en el interior de la capilla se inflamaban como la intermitencia de un incendio, ¡veian el espectro de la muerte de pié sobre la única sonrisa de su amor!..

En medio de la muchedumbre se alzó una voz que dijo: ¡Es falsa la conmutacion! ¡Plácido vá a morir! La voz se propagó a los cuatro vientos i penetró a la capilla del condenado i al fondo de su corazon como una puñalada aleve.

Imposible es pintar la desesperacion del hijo, del hermano i del amante al partir para siempre..... Imposible es pintar a esa madre desolada que se retorcia de dolor. Plácido con los ojos cerrados, la cabeza encorvada i los dientes que le crujian como una fiera que enviste, revoloteaba tambien en torno de la capilla, como un loco, como si el exaltar su desesperacion remediara su desgracia.—Berta quedó inmóvil, de pié, paralizada de dolor, como la mujer de Lot a quien petrificó la maldicion de Dios.—Raquel corria detras del hijo para detenerlo, como si con ello detuviera su destino. "¡Hijo mio, ten compasion de mí!" le dijo.—Volvió éste el rostro deteniéndose repentinamente, como la demencia que recobra de súbito un momento lúcido: I bien señora le contestó: díme el nombre de mi padre; ¡quiero llevarlo al cadalzo gravado en mi corazon, como el último recuerdo de mi vida! ¡Ya que no tengo su amor, quiero tener su nombre!

—¡Gabriel, me exijes un suplicio! dijo doblegándose de vergüenza.

—Suplicio.....

—¡Sí, hijo mio! te ruego que me ahorres esa horrible revelacion, en nombre de tu amor filial, dijo, i caia al suelo tan siniestra su mirada como si reflejara el brillo de un puñal homicida.