—¡Pero, vamos! repuso Manfredo: este es ya un diluvio de llanto. I a la verdad, ¿a qué hacer tanto gasto de sentimiento? Hai tanto porqué llorar i sufrir en este valle de lágrimas.

En ese momento el reloj de mesa que oscilaba sobre la chimenea, dió las dos de la tarde.

—Vaya que ha sido larga la sobremesa, agregó Manfredo. Yo tengo algunos asuntos que arreglar, i distraido con lo ocurrido, sin sentirlo he perdido el tiempo. Raquel, la dijo en seguida; ház que los sirvientas i nuestros hijos, hagan reconocer a Gabriel la casa i el huerto, para que los conozca.

I diciendo esto tomó su sombrero, palmeó risueño el hombro de su esposa, en señal de despedida i partió.

XI

Raquel se levantó de su asiento i haciendo una señal con los ojos a la costurera Carolina, que se hallaba presente, salió con ella como abrumada por un secreto pesar, i ambas se dirijieron al salon. Sentóse la primera sobre un sofá, reclinándose en un cojin. La otra tomó asiento en uno de los sillones que estaban colocados en las estremidades del sofá i comenzaron a hablar en voz baja i al parecer de una manera confidencial.

Al mismo tiempo Berta apoyada de codos en la baranda de una de las ventanas del comedor que daban al huerto, Gabriel i Alberto a su lado, contemplaban desde allí el horizonte del cielo cubierto de cenicientas nubes, que descendian revistiendo como con una mortaja las cumbres de las montañas lejanas: la opaca luz de un dia nublado: la espesura del huerto que blandamente mecida por la fresca i balsámica brisa, dejaba ver, allí en su fondo los pedazos del lago que correspondian a los claros de la arboleda que se abrian o cerraban alternativamente con el vaiven del follaje, semejante al flujo i reflujo de las olas de un mar verdoso: la alondra que volando rizaba con su alas vibrantes la faz del lago: los pájaros canoros que saltaban de rama en rama; el movimiento de las errantes golondrinas que se agrupaban debajo de las cornizas de las ventanas de las que pendian sus nidos: el ladrido del perro amarrado en uno de los rincones del huerto: los jilgueros i canarios que se ajitaban gorjeando dentro de sus jaulas, colgadas aquí i allí en las copas de los árboles.

Berta entonces dirijiéndose a Gabriel le dijo:

—¿Quieres que despues de conocer las habitaciones bajemos al huerto?

—Con mucho gusto, señorita, le contestó.