—Es preciso que te orientes en la casa i que la conozcas desde luego.

—Tiene usted razon, señorita, contestó Gabriel, con cierta tristeza que armonizaba i aumentada talvez con la tristeza de la naturaleza.

—Vamos entonces, dijo Berta. I salieron los dos, seguidos de Albertito que brincando con travesura seguia a su hermana jugando con los lazos rosados que ceñian su cintura i que caian a lo largo de su vestido de muselina blanca.

Atravesaron una parte del corredor, entraron al costurero, deteniéndose poco en él i pasaron al salon de recibo en el que encontraron a Raquel conversando aún con la costurera Carolina.

En el ángulo del salon correspondiente al en que estaba el piano habia una pequeñísima mesa circular llena de pequeños floreros i adornos de bronce i porcelana, sobresaliendo de en medio de ellos un retrato grande de Raquel, con sus ojos tan inflamables i sombrios que parecian dos estrellas nubladas; con su negra i ondulante cabellera que cubre sus hombros como un manto lleno de pliegues i con su graciosa i pequeña frente entreoculta por los bucles naturales de su cabello; con su tipo romano.

Gabriel se detuvo como paralizado delante de ese retrato, i despues de devorarlo con una mirada chispeante, murmuró:

—¡Que hermosa mujer! Hágame el bien señorita Berta de decirme ¿quién hizo este retrato de su mamá?

—Un fotógrafo que tiene su tienda en la calle de la Compañía, cerca de la plaza de armas.

—¡Ah! ya caigo en cuenta. He oido decir que es el mejor fotógrafo de Mantanzas, i que no hai ni en la Habana ninguno que merezca compararse con él.

—Así he oido tambien.