Con estas últimas palabras recorrieron sucesivamente las alcobas de Manfredo, i de Raquel, que estaban una en seguida de otra; i bajando por una plataforma escalonada se dirijieron al huerto. Atravesando a lo largo de la calle central de árboles, llegaron a la orilla del lago, contemplaron a su borde las hojas secas que flotaban en la superficie del lago, las sombras de los árboles que temblaban sobre sus ondas azules, no sin sostener una conversacion animada.

A momentos blanqueaban los ojos del jóven mulato al fijarlos en Berta, con cierta mal disimulada impresion.

En ese momento una nube de mariposas se posaron sobre las flores de uno de los jardines, i apenas Berta las divisó, ¿vamos Gabriel a cojerlas? esclamó, rebozando de alegria, i sosteniendo con una mano un rozon mal prendido de su peinado i recojiendo con la otra los diáfanos pliegues de su vestido, acudió corriendo por entre las tortuosas sendas de rosas i jazmines en pos de las mariposas. Casi todas volaron, espantadas, a los jardines inmediatos, i solo una quedó cautiva entre sus dedos de marfil.

Gabriel aparentemente impasible quedó de pié en el mismo lugar, siguiendo con la vista a esa encantadora niña, que parecia una vestal haciendo las veces de jardinera.

Berta regresó de prisa, ajitando las manos, a juntarse con Gabriel, i le dijo:

—Ya ves lo que tiene el no ser neglijente como tú. Si ustedes los hombres necesitan armas para cazar, a nosotras las mujeres nos bastan las manos. Si tú hubieras ido conmigo en persecusion de las mariposas talvez habrias esclavisado otra mas.

—Es que yo desde mui niño he odiado la esclavitud, señorita Berta. Es por eso que me aflije hasta la esclavitud de las mariposas, que deben ser tan libres como el hombre, pero no como el hombre cubano; porque Cuba es ya el único asilo de la esclavitud. Yo daria mi sangre por borrarla de nuestro suelo. I la libertad, por desgracia, es aún considerada por los cubanos, como una bella quimera, como uno de esos sueños dorados que probablemente ha tenido usted, señorita, i en los que ha visto flotar las flores del huerto, i las estrellas del cielo.

—¡Tienes razon, Gabriel. Pobre mariposita! A nosotros en su lugar no nos gustaria que nos cortaran el vuelo i la libertad; ¿no es cierto? dijo, i arrojó ese volátil i matizado animalito que aleteando cruzó los aires.

—Gabriel, vamos ahora a los cenadores.

—Vamos, señorita.