Acto contínuo se dirijieron a uno de ellos, i entraron a él. Berta se sentó en un asiento rústico de madera i Gabriel quedó de pié a su lado.

—Pero hasta ahora nada me has dicho Gabriel de la impresion que te ha causado la casa i el huerto. ¿No ha sido buena?

—Tan buena impresion me ha hecho, señorita, esta hermosa mansion, que temo no poder espresarla, i por eso prefiero callar; por que las palabras nunca se elevan a la altura de las grandes impresiones. Se me figura que he nacido a una vida nueva desde que me encuentro en medio de las delicias de este hogar, respirando sus perfumes i abrigándome a su sombra. Me parece haber sido introducido a un pequeño paraiso habitado por ánjeles.

—¡Cuanto me alegro Gabriel que estés tan contento! ¡Ojalá sigas en adelante tan complacido como hasta aquí!

—En medio de esta familia que respira alegria, bondad i una ternura tan espontánea seria un pecado señorita el descontento i la tristeza.

—Pero tú no cuentas Gabriel con que suele haber en la vida causas ajenas a la voluntad i a lo que nos rodea que enturvian la felicidad; o que a veces la misma felicidad es la sombra de la desgracia.

—¡Cuanta razon tiene Usted, señorita! Acaso sin darse cuenta del alcance de sus propias palabras ha hablado Usted, con la madurez de la esperiencia i me ha abismado en un mundo de tristes ideas en que suele caer mi alma, constantemente víctima de íntimos sufrimientos.

—La verdad Gabriel es que de esperiencia poco hemos de saber tú i yo, porque somos jóvenes. A nuestra edad es preciso sonreirse cuando el pesar nos muestra su ceño airado. Tórnate alegre, i déjate de palabras graves. Allá cuando los golpes del destino nos hieran en el camino de la vida, entonces nos preocuparemos de ellos. ¡Mira! ¿sabes lo que se me figura la esperiencia?

—¿Qué?

Unas de esas brujas o viejas de aspecto repugnante que nos representan en la niñez, con el nombre de duendes o hechiceras.