—Ya lo verás, le dijo, i se encaminaron a él. Cuando llegaron a su umbral encontraron a Raquel colocando en el muro i a la cabecera de su cama un cuadro místico: era el arcánjel san Gabriel.

El jóven mulato al sorprender la solicitud de la señora se detuvo en el dintel de la puerta, fijando en ella una mirada de gratitud. Se ofreció para ayudarla, pero ella habia concluido ya su tarea.

—Señora, la dijo, su bondad me avergüenza. Yo sabré corresponderle con la exactitud en el cumplimiento de mis deberes, con mi adhesion i mi fidelidad. Pero ya que es usted tan bondadosa conmigo voi a pedirle me conceda los útiles que me son mas necesarios.

—¿Cuáles son Gabriel?

—Una hamaca i recado de escribir.

Momentos despues tenia Gabriel en su habitacion ambas cosas. Guardó en un cajon de la mesa el recado de escribir i clavó la hamaca por ambos estremos, diagonalmente en el cuarto.

En ese momento tocaban a la puerta de la casa. Era Carolina que iba a preguntar si Gabriel habia llegado ya.

Poco despues Gabriel se mecia tendido en su hamaca como para ensayar las horas que se prometia pasar en ella. I Carolina conversaba con los de la casa en el costurero.

Manfredo dirijiéndose a ella, díjole, entre otras cosas, en el curso de la conversacion.

—¿Sabes, Carolina, que todos los de mi familia han llegado a cobrarle cariño sincero i casi tierno a Gabriel?