—Mucho me complazco, señor, contestó la costurera, porque lo creo digno de ese cariño; i la mayor prueba de que lo merece es que tan pronto ha sabido inspirarlo. I usted comprende, señor, que lo demas es obra del tiempo.
—Es así, contestó Manfredo. Pero por lo mismo queríamos asegurarnos de su consecuencia i lealtad. Porque tú debes saber lo sensible que hace el perder a una persona ya querida. Por esa razon desearía que me dés alguna luz mas sobre la índole, los antecedentes, el carácter i las costumbres de Gabriel, para no violentarlo con exijencias contrarias a ellas.
—Yo conozco, señor, a Gabriel íntimamente con motivo de ser un amigo decidido de mi marido, con quien trabaja en el mismo taller. Ambos tienen el mismo oficio, i se buscaban antes con frecuencia. Gabriel, señor, es de un carácter dulce, uno de esos corazones bondadosos de todo bien, de ningun mal capaz. I para que usted se persuada de ello, básteme decirle, que una parte de las utilidades de su trabajo la destinaba para los pobres.
—¡Qué bien, papá! esclamó Berta. Los domingos me ayudará a distribuir el pan a los pobres.
—Es tambien, señor, prosiguió Carolina, de un carácter vehemente i casi arrebatado. Es capaz de arriesgar la vida por vengar una injuria, por reparar una injusticia, cualquiera que haya sido su víctima, a pesar de esa indolencia aparente que parece que le dominara. Mui exacto en el cumplimiento de sus deberes, tiene sin embargo, algunos inconvenientes. Es a veces exajerado en su amor propio, por lo mismo que vé que su color lo rebaja. No se le puede hacer un insulto mayor que llamarle mulato o bastardo: se encoleriza de tal modo que parece perdiera la razon. En cambio tiene la sensibilidad del niño i la ternura de la mujer. Mas de una vez le he visto enjugar lágrimas al verme llorar. Hai, señor, un no sé qué de misterioso i vago en el fondo del alma de Gabriel. Hai dias, por ejemplo, que amanece con el ánimo tan nublado, como las lluviosas mañanas de Matanzas, i tanto o mas sombrio que su propio rostro. Se encierra entonces en su cuarto, como una noche de dolor, i queda a veces uno o mas dias sin salir de él. Su único anhelo en tal situacion, es sepultarse en la soledad; parece que quisiera huir de sí i hasta de las paredes de su cuarto, cuando pasa con dolorosa i violenta alternativa del arrebato, al desfallecimiento del dolor; i de éste a los arranques de indecible ternura por todo lo que le rodea. Yo recuerdo que una vez que estaba esplinático, mi marido i yo le atisvábamos por el ojo de la llave de su cuarto, en el que hacia veinte i cuatro horas que estaba encerrado, i le vimos golpear el suelo con los piés, pasearse desatinado a lo largo de ese cuarto, tenderse despues sobre un banco i ocultando su frente entre sus manos llorar a lágrima viva i sollozar sin descanso, i alzar a ratos los ojos al cielo, como implorando de él.
—¿I a qué atribuyes, Carolina, tan raras turbaciones en el carácter ordinariamente tranquilo i apasible de Gabriel? dijo Manfredo.
—Muchas veces he pensado, señor, en eso, i a la verdad que no me las sé esplicar. Me he perdido en un mar de conjeturas, por aliviar su situacion. Unas veces he supuesto que sea simple efecto nervioso que hace mas mella por su corazon sensible i por su naturaleza tan ardiente como el sol de Cuba; otras veces que es un hombre soberbio a quien humilla su raza i su condicion: o bien, que guarda algun dolor secreto que amarga en íntimo silencio su existencia.
—Raro carácter, en verdad, repuso Manfredo.
—Pero en tales casos, señor, lo mejor es respetar su soledad i su dolor, porque es imposible consolarle. I tan imposible, que una vez que mi marido i yo entramos en su habitacion para enjugar sus lágrimas i consolar sus dolores, nos pidió permiso i nos dejó solos en ella. Seguímosle a hurtadillas una tarde tan nublada como su alma. Su mirada estaba triste, su rostro pálido i la frente inclinada. Caminaba por las calles, como quien no se dá cuenta de lo que le pasa, i con un aire de melancólica distraccion llegó, a paso lento, hasta los estramuros de la ciudad; se detuvo allí largo rato con los brazos cruzados i la vista fija en el cielo. Accionaba a ratos: parecia que hablaba consigo mismo: contraia el ceño, haciendo al parecer, un esfuerzo violento, para recojer su espíritu i penetrar en él, como quien orilla espantado el abismo, resuelto, sin embargo, a arrojarse a su fondo.