—Pero no fué eso todo, prosiguió Carolina. Siguió su marcha paso a paso hasta llegar a la ribera de un bosque. Penetró a él, en momentos que ya comenzaba a cerrar la noche. Sentóse a la sombra del bosque sobre el tronco de un árbol caido, i quedó largo rato apoyado de codos sobre sus propios muslos i la frente oculta entre las manos. Parecia, señor, la sombra del dolor. I en efecto, como una sombra melancólica se deslizaba por entre los árboles del bosque, vagando errante i al parecer, sin sentido. Poco despues regresó a su casa; i al dia siguiente le vimos como si nada hubiera pasado por él. Solo se le notaba cierta palidez que emanaba probablemente del desvelo i de la vijilia.
—Pero díme, Carolina, ¿nada te dijo de la causa de sus sufrimientos? interrogó Berta.
—Nada señorita. Como tiene de costumbre, guardó un profundo silencio sobre lo ocurrido.
—¡Pobre Gabriel! repitió Berta. Con el negro dolor que lo devoraba, con su color oscuro i a la sombra de ese bosque en que tú le pintas, se me presenta a la imajinacion como la imájen de la noche.
—Otra ocasion, agregó Carolina, notándole tambien algo triste, le ofrecí en mi casa un vaso de vino, por que el licor suele adormecer las emociones del espíritu. I me contestó con profunda amargura:
—¡Gracias Carolina! ya he bebido mis lágrimas, i eso me basta.
—¡Pobre jóven! dijo Manfredo, es digno de compasion.
—¿I estará ahora en su cuarto? preguntó Raquel.
—Si mamá, repuso Berta. Acabo de pasar por la puerta de su aposento i le he visto meciéndose en su hamaca.
—Me parece que es ya del caso comunicarle cuáles serán sus tareas i la distribucion de ellas, agregó Manfredo.