—Tienes razon; i él deseará tambien saberlas, desde luego, repuso Raquel.

—Manfredo le hizo llamar.

A poco rato se presentó Gabriel, diciéndole:

—Señor, estoi a sus órdenes.

—Mira Gabriel, prorrumpió Manfredo; he creido necesario ponerte al corriente de tus quehaceres en la casa, indicarte tus obligaciones i preguntarte sobre los derechos que exijas.

—Yo lo deseaba tambien, señor.

—Bien; tú por la mañana cuidarás de que los jardineros hayan regado los jardines, limpiado las estátuas, aseado los corredores, las sendas del huerto, i formado los ramos de flores con que se adorna la mesa del comedor. Cuidarás tambien de que el esclavo Estevan despierte a Albertito i le aliste todo lo que necesita diariamente para ir a la escuela.

Despues de que nosotros nos háyamos levantado de mesa, prosiguió Manfredo, podrás sentarte en ella.—Una vez que hayas concluido de comer recorrerás todas las habitaciones para ver si están bien desempolvadas. Te recomiendo tambien que el cochero no se descuide en lavar el coche diariamente, i cuidar con esmero los caballos.

En el resto del dia, continuó Manfredo, podrás ocuparte de lo que quieras, cuidando solo de que uno de los sirvientes le lleve sus once a Alberto. Por lo demas, revisar la mesa a la hora de la comida o del té por la noche, i otras muchas pequeñeces, por el estilo, te las irán indicando nuestras costumbres, tu previcion, el tiempo i tu buena voluntad.