Lo único que no debo olvidar advertirte, dijo en seguida Manfredo, es que como viene todos los dias el señor Altieri a dar lecciones de piano a mi hija, estés listo, para cuando llegue en comunicárselo a ella, e introducirlo al salon.—Lo mismo te recomiendo si viene alguna visita, lo cual será rarísimo, por que mi familia vive completamente alejada de la sociedad, i en un casi completo aislamiento. I eso es tan cierto que son poquísimas las personas a quienes conocemos en Matanzas.
—¿I por qué, señor, ese alejamiento de la jente, cuando la sociedad es uno de los goces mas agradables, i sobre todo para personas educadas, ricas i cultas como ustedes? Ademas, señor, una niña tan llena de prendas i adornos como la señorita Berta, bien merecia, señor, que la luciera usted en la sociedad. Su intelijencia, su belleza, la esquisita delicadeza de sus maneras i de su carácter, el poseer con tanta perfeccion el frances, el sentimiento que sabe imprimir a la música, cuando las notas del piano parece que tiemblan bajo sus dedos al son de sus propias impresiones, la harian desempeñar un papel mui distinguido en la sociedad de Matanzas, en donde, segun infiero, señor, no hai muchas señoritas de tanto mérito como ella.
—¿Quién te contó todo lo que sabia mi hija? ¿cómo lo supiste tan pronto?
—La señora Raquel, me dijo algo. I yo la oí hace poco tocar el piano. Me estrañó que tuviera tanta ejecucion i tanto buen gusto, una niña de su edad.
—En cuanto a tus anteriores reflecciones, respecto a nuestro sistema de vida, tienes razon en apariencia. En mi deseo vehemente de proporcionarle a mi hija un porvenir próspero i feliz, un porvenir que esté a la altura de su mérito i de mi cariño paternal, mucho he pensado en todo lo que me acabas de decir; pero tú no sabes talvez que aquí se mira de reojo a las familias españolas i que hai muchas i mui mezquinas rivalidades entre las familias españolas i las matanceras.—Ademas, continuó Manfredo, seré franco contigo, porque te considero ya un miembro de mi familia....
—I con razon señor, dijo Gabriel, casi interrumpiendo a Manfredo.
—Pues bien, mi esposa en su primera juventud fué artista....
—¡Artista!.... esclamó Gabriel, con cierto aire de disimulada sorpresa.
—Si, Gabriel; fué cómica. I tu no ignoras que en todas las sociedades del mundo, no se dá a los cómicos una mano amiga para introducirlos a los estrados decentes, bien quistos, i, sobre todo, alumbrados por una luz aristocrática. Hai esa sombra en el pasado de mi familia que oscurece su porvenir; i por eso prefiero yo ser buscado a buscar a las personas, i especialmente a aquellas que blasonan de alta alcurnia. Yo sé bien que la virtud, la educacion i el mérito, reemplazan en cierto modo lo que ha negado el lustre, casual de la cuna i del nacimiento; pero no sucede lo mismo con los demas. I si bien la altesa de los antecedentes de familia influye, en cierto modo, en la nobleza del proceder i de las acciones, en cambio, no es eso tanto que la modestia de la cuna empañe i oscuresca por completo el brillo del verdadero mérito, que se adquiere con una educacion esmerada, cualquiera que sea el rol que se desempeñe en la sociedad.
Brillaron los ojos de Gabriel al escuchar estas palabras, i prorrumpió de esta manera, con entusiasmo incontenible: