—Yo pienso, señor, como usted, i voi mas allá en mis ideas a ese respecto. Desdeñaria dar la mano a un blanco mui lleno de ínfulas i pretensiones infundadas i ridículas, pero que sin embargo, como hai muchos, pisoteara su honor i su delicadeza, que a un pardo modesto i oscuro, que no tiene mas pecado que la fatalidad de su color, mas mancha que su raza, de esa raza que vale tanto como cualquiera otra: a un pardo, señor, en cuyo seno latiera un noble corazon, i en cuya intelijencia ardiera esa chispa celeste que se llama el talento, i que es el don mas precioso que Dios concediera al hombre.
Ademas señor, continuó Gabriel, la fortuna es el ídolo que adoran las sociedades modernas, el oro reemplaza a todo. I aun el talento, la belleza i la virtud pasan gachas i abatidas delante de ese rei altivo. I con usted señor, ha sido pródiga la suerte en concederle ese elemento de felicidad, segun entiendo. ¿No es verdad, señor?
—Sí, Gabriel, es así. Pero, entre tanto, continúa.
—Bien, señor; ¡una mujer colmada de virtudes i adornos i un hombre lleno de mérito, tiene hoi en dia, menos abierto el paso, que uno de esos marranos endinerados de frac i guante, que es el tipo de los dandyes de nuestras sociedades! ¿Qué será entonces si a la fortuna se asocia el mérito, como sucede en su familia?
—Nó, Gabriel, no llegan las cosas, a ese respecto, al estremo exajerado que tu supones. Tu las ves al través de un lente de aumento. Yo he visto, aun en las sociedades mas metalisadas, predominar el mérito sobre la fortuna. He visto mil veces doblegarse al rico ante la lejítima altivez del talento. He visto al opulento comerciante, al rico propietario, pisar con respeto los umbrales de la casa del abogado novel, del jóven literato, i estrecharle la mano con cierta timidez que revela la conciencia de su inferioridad.
He notado en los salones llamar i merecer éstos todas las consideraciones, i aquellos, hacer un papel pálido, silencioso i desairado.
Raquel i Berta escuchaban sorprendidas la conversacion de Gabriel, al ver tanta cultura en las palabras de ese modesto mulato i tanta claridad en su intelijencia.
—En cuanto a tu salario, Gabriel, dijo Manfredo, será el mismo en que convinimos el otro dia.
—No hai cuestion, señor, a ese respecto: eso, o lo que a Ud. le parezca mejor. Voi sí a suplicarle mas bien señor, que durante los primeros dias me permita Ud. asistir una o dos horas a mi taller, para cumplir mi contrato con mi antiguo jefe.