—Hazlo cuando i cuantas veces quieras; que por mi no tendrás inconveniente alguno.

—Gracias, señor.

—Te pregunté, Gabriel, por tu vida pasada, por tus padres, por tu familia, i casi nada alcanzaste a contarme de ella, por que cortamos nuestra conversacion, a causa de haber tenido yo que salir entonces a la calle. ¿Lo recuerdas?

—Si, señor. I en verdad preferiria no hablarle de mi pasado, por evitar en mi memoria penosos recuerdos, que me entristecen sobremanera.

—Sobreponte a ellos, Gabriel, i ábreme tu corazon.

Gabriel calló un momento i exalando un prolongado suspiro, prorrumpió en seguida:

—Mi historia es mui corta señor. Probablemente abrí los ojos a la vida en el mismo rancho en que pasé mi niñez.

Hai en uno de los estramuros de esta ciudad, continuó Gabriel, una humilde casilla, en una calle desierta, tortuosa i apartada. No tenia sino dos habitaciones de muros ruinosos i sin blanquear i de techo pajizo. Tienen una puerta que dá a la calle, otra interior que conduce a un patio tan pequeño como mi frente: las hojas de esas puertas son de madera blanca.—Dos mesas antiguas mui talladas, i pintadas de verde i con aristas doradas: dos catres de madera a uno i otro costado de la entrada; un banco rústico; unas pocas sillas enormes, azules i tapizadas de cuero; un candelabro de loza ordinaria ocupado con una vela de sebo: algunos santos pintados al óleo con colorido chocante, en lienzos quebrajados i empolvados: un crucifijo a la cabecera de una de las camas; he ahí, señor, mi morada, durante los primeros años de mi vida.

—Dos lechos te he oido decir: ¿con quien vivias allí?