Supongo que a la edad que tendrias entonces, no vivirias solo.
—No, señor.
—¿De quien era esa casa?
—Voi a continuar, señor. Esa modesta mansion, nido de mis primeros sufrimientos, cuna carísima de mi infancia, fué tambien la tumba de una persona querida, de una mujer.. Bajo el ala de su cariño abrigué mi cuello infantil; mas esa ala se plegó un dia.
—Pero Gabriel, ¡habla! ¡Nombra personas! ¡Sé mas esplícito!
—Bien, señor, dijo, i enjugó una lágrima que tembló largo rato en sus largas i retorcidas pestañas. Esa mujer era una anciana de ochenta años de edad, una infeliz negra, una pobre ciega, una esclava; era mi abuela paterna.
Cuando yo era tan niño aun, que todavia no podia trabajar para ganar el pan de todos los dias i solo podia ayudar a esa anciana en pedirlo a Dios con el primer rayo de la mañana, arrodillado al pié de su lecho, en el que descansaba de sus fatigas i dolencias, mendigaba ella por calles i plazas la dádiva del que encontraba al paso, o tocaba a las puertas del acaudalado para pedir una limosna en nombre de Dios, i no recibir, a veces, mas respuesta ¡que el que le dieran con las puertas! Cuando esa dádiva caia a sus manos tenia la costumbre de besarla de gratitud, correr a casa para satisfacer mis necesidades, enjugar mi llanto cuando yo lloraba de hambre, i pedir al cielo, junto conmigo, por su benefactor.
Me tenia tanto cariño que jamás quiso que la acompañara en su vagabunda mendicidad. Mientras ella salia me quedaba yo en casa. El único guia de la anciana ciega era un pequeño perrito que la dirijia amarrado del cuello por el estremo de un cordon que lo asía a dos manos por el otro estremo.