Cuando alguna vez, al regresar a mi indigente morada, oia el ladrido del perrito, se me abria el corazon, acudia a la puerta en alcance de la mendiga i con la anciosa sonrisa de mis ojos i de mi fisonomia le preguntaba:
—¿Hai pan hoi dia?
Apenas su planta tocaba el umbral i sus manos trémulas, estendidas e indecisas, empujaban la puerta del rancho, parecia que querian palpar con anciosa indesicion, los obstáculos de su tráncito, o buscar la manecita de su nieto, para imprimir un beso en su frente, esclamando:
—¡Gabriel! ¿Gabriel?.. I yo corria a avalanzarme de su cuello, a recibir sus abrazos, las caricias con que me colmaba, los besos con que cubria mi rostro.
¡Ai!, señor don Manfredo, el corazon se me rompe de pesar, cuando recuerdo que si llegaba alguna vez mi abuelita con las manos vacias, se dejaba caer sobre una silla, lloraba sin consuelo i sollozaba con indecible amargura, ocultando su frente entre las manos, i procurando encubrir su llanto para no ocasionar el mio, porque yo lloraba tambien cuando la veia llorar. Apenas la notaba aflijida me ponia a su lado, le pasaba con las manecitas por las mejillas i la cabeza encanecida i le preguntaba con acento lastimero:
—"¿Por qué lloras, abuelita?.."
Ella sin contestarme a veces una sola palabra, levantaba las manos al cielo esclamando:
—"¡Oh, madre! ¿de qué fueron tus entrañas cuando abandonástes a tu hijo?"
—Mui buena debió ser, Gabriel, esa anciana.
—Mui buena, señor; i sobre todo mui caritativa.