—¿Caritativa sin embargo de ser pobre?
—Si señor: su caridad empezaba conmigo. Es por eso, señor, que para mi la caridad es la mayor de las virtudes. Si supieran, señor, los ricos cuántas i cuan amargas lágrimas enjugan con ceder a los pobres los mendrugos de pan que caen de sus suntuosas mesas, de sus opíparos banquetes: si supieran que una dádiva a tiempo puede salvar la pureza de una vírjen que tiembla de hambre a la orilla del abismo, tal vez mientras la mano endinerada de la seduccion la empuja a ese abismo, ¡haciendo vacilar su virtud como vacila en la rama la hoja seca que el viento asota!: ¡si supieran que con un arranque de jenerocidad cortan el camino del crímen, de la prostitucion o del infortunio, a infelices mujeres que se ven arrojadas a ese camino por la mano de la miseria!: si supieran que con esa dádiva enjugan la lágrima del huérfano desamparado, de la viuda desolada, del mendigo que toca a todas las puertas, ¡oh! entonces sabrian tambien que esa lágrima convertida en perla, la presenta a Dios, en copa de oro, el ánjel de la caridad; oh, entonces, señor, yo creo que ningun hombre daria la espalda a la mano que estendiéndose delante de él, le intercepta el paso diciéndole: ¡una limosna por amor de Dios!
—Comprendo perfectamente toda la ingenuidad de tus palabras; porque ama siempre el sufrimiento i simpatiza con él todo el que ha sido educado en la escuela de la desgracia.
—Eso es tan cierto, señor, que recuerdo que un dia que pasaba por su calle, ví a la hija de usted, repartiendo con su propia mano en la puerta de la casa, el pan a los pobres, me pareció percibir el aroma de las virtudes de este hogar i me dije interiormente: "el cielo cubrirá a esta niña de bendiciones i de felicidad." I no me engañé al percibir desde lejos ese aroma, porque desde que yo me aproximé a esta casa he visto en ella que es un Eden de piedad, i he deseado mas de una vez besar la mano que me condujo a sus umbrales.
—¡Gracias Gabriel! Cada momento se descubren en tí mas i mas nobles sentimientos. ¡Palpita la sinceridad en tus palabras, i en tu pecho, un jeneroso corazon! Pero, prosigue tu historia porque me interesa mas que la lectura de una romántica leyenda.
—Una mañana, señor, nublada i tan triste, que parecia mas bien una tarde sombria, iba a levantarme de cama bajo la melancólica impresion de un sueño angustioso que me parecia, aun en despierto, que duraba todavia. Me restregué los ojos para disipar el sueño i.... estaban húmedos: ¡probablemente dormí llorando! Me incorporé en mi lecho para saludar como de costumbre, a mi anciana compañera, i la dije:
¡Buenos dias abuelita! I me contestó con el silencio. Repetí el mismo saludo, i me dió la misma respuesta.
Sobresaltado i lleno de temor salté de mi cama, acudí a la suya, i.... su silencio, era el silencio de la muerte. Yacia la pobre anciana durmiendo el sueño eterno, tanto mas negro que el que yo acababa de soñar.
El perrito ahullaba a mi alrededor o se esforzaba por brincar sobre la cama: la pálida luz de una vela temblaba todavia desde uno de los rincones de la habitacion, como temblaba sobre la pared la sombra de ese lecho de muerte.