Mi única idea fué entonces correr a la calle desesperado i lloroso, sin saber yo mismo por donde dirijirme: gritaba sollosando en medio de la calle: me ahogaba el dolor: tenia miedo de quedarme solo con el cadáver.
Mis pasos se dirijieron, por fin, maquinalmente a casa del cura de la parroquia. Entré a ella como un loco, llenándola con mis alaridos i mis lágrimas. El cura compadecido de mi desesperacion me condujo a mi casa despues de preguntarme por qué lloraba. Llegamos a ella. Al pisar sus umbrales i resonar el ruido de nuestros pasos abrió los ojos, i murmuró levemente:
—¿Gabriel?
—¡Yo soi! le contesté: aquí está el cura de la parroquia. Hizo entonces una señal, para que el sacerdote la ausiliara.
Tomé al cura de una mano, empapándola con mis lágrimas, i lo conduje a la cabecera del lecho, de la moribunda anciana. El sacerdote murmuró las oraciones de la agonía. Desprendió un crucifijo que estaba clavado en la pared a la cabecera del lecho, aplicólo a los labios de la moribunda: ella lo besó comprimiendo sobre sus helados labios la sagrada efijie, empañó con su último aliento la imájen de Dios; plegó los labios; me dirijió una mirada como signo de la última despedida, i cerró los ojos, i los cerró.... ¡para no abrirlos jamás!
Poco despues se refugiaban los restos de esa mujer en el seno de la tumba, i su recuerdo en mi memoria. A la noche siguiente depositaba yo sobre su sepulcro como un tributo a su memoria, una flor, una lágrima i una cruz, i gritaba como un loco, i lloraba como un niño al borde de su sepulcro, i vagaba como una vision entre los sepulcros i a la sombra de los cipreces pidiendo a zollosos, a las cenizas de los muertos que evocaran sus sombras, que se levantaran de sus urnas, para devolverme lo que el destino cruel me arrebataba.
Volví, despues de esa noche, a mi desmantelado hogar i me pareció sentir en él, el rumor de las alas del ánjel de la muerte que se batian sobre mi cabeza, i encontré tan desamparada la morada de mi infancia, como una cuna vacia, como una jaula desierta. No pensé entonces sino en levantar el vuelo para dejarla.
—¡Oh! Gabriel, esclamó Manfredo; jamás habia sentido mas desgarrado mi corazon que al oir tu triste historia; mas de una lágrima me ha costado, i hasta de los poros de las rocas brotarian lágrimas, ¡si las rocas pudieran escucharte, si las rocas supieran llorar!
Gabriel inclinó la cabeza i derramando un raudal de lágrimas, esclamó:
—Yo creia, señor, que el llanto ya se habia agotado en mis ojos i me consuelo en ver que no es así. ¡Tengo lágrimas siquiera!