—Estás, Gabriel, en la alborada de la vida i has sufrido ya tanto como el hombre que se aproxima al término natural de su existencia. ¡Huérfano!....
—¿Huérfano?.... Tal vez no, señor. Pues quizá soi un ser abandonado de los mios: es decir, un hijo sin padres, un hermano sin hermanos.... Pero esa idea es mas desesperante para mí porque tal vez mientras mi madre vivia, yo no tenia otra madre que la miseria.... Sentia hambre i no tenia pan; me devoraba desde entonces la sed de ciertas ambiciones i era un pobre mulato.
Desvelado, pálido i ojeroso estaba un dia meciéndome en la hamaca, revolcándome en mis lágrimas, sin tener a dónde volver los ojos, i buscando, como un consuelo, en mi ardiente imajinacion el rostro de la muerte, para que a lo menos ella me brindara una sonrisa, ya que jamás me habia sonreido la suerte. I Dios volvió a mí sus ojos....
A la ténue luz del crepúsculo de la tarde un hombre llegaba a mis umbrales i tocaba a mi puerta, con una voz no desconocida para mí. Me llamó por mi nombre. Salí despavorido, i me encontré, señor, con el cura de la parroquia, que asistió a mi abuela en sus últimos instantes.
¡La virtud toca siempre a las puertas del infortunio!
Despues de saludarme cariñosamente, de estrecharme entre sus brazos, i de colmarme de beneficios me dijo:
—Quizá, Gabriel, en tu desesperacion no alcanzaste a oir que la anciana moribunda me encomendó tu suerte. I como yo tengo, respeto por ese último encargo i cariño por tí, vengo a decirte que tienes abiertas las puertas de mi hogar i de mi corazon. Vente conmigo, Gabriel, agregó en seguida, en actitud de partir.
—Besé lloroso de gratitud la mano del sacerdote.
Poco despues vivia yo en su piadosa compañía.