XIV
La exactitud en el cumplimiento de mis obligaciones, (continuó Gabriel) la delicadeza de mi parte, mi contraccion, la seriedad de mi carácter me captaron mui luego la estimacion i el aprecio de mi protector. Soportaba sus caprichos, me amoldaba a la rareza de sus costumbres i de su carácter, le acompañaba con paciencia en la mayor parte de sus prácticas relijiosas i compartia de su ociosidad i del pan de su mesa.
Por la mañana ayudábale a vestirse i levantarse de cama: arrodillados ambos junto a ella elevábamos al son de los primeros trinos de las aves nuestras oraciones matinales. Poco despues le acompañaba a la iglesia i le ayudaba a decir su misa diaria.
—Por lo visto ibas tomando trasas de sacristan de aldea, repuso Manfredo.
—En verdad, señor; me parecia que andaba impregnado del olor de los cirios que encendia i apagaba todas las mañanas, del incienso que quemaba todas las noches en el oratorio. Pero en mi situacion tenia yo que amoldarme a todo.
—Pero supongo que el cura sabria corresponder bien a tu solicitud.
—En efecto, señor; no retribuia mi trabajo en dinero, por que era un hombre esencialmente avaro, pero le debo en cambio el mayor beneficio que podia hacerme.
—¿Cuál?
—Me enseñó a leer i a escribir: me hizo estudiar el catesismo, la aritmética, la gramática i la jeografia. I me daba sus lecciones con tanto mas esmero cuanto veia mi facilidad i mi contraccion para el estudio, del que se marabillaba tanto, que era el tema favorito de sus conversaciones con algunos sacerdotes amigos que le visitaban con frecuencia. Pero cuando vió que mi amor a los libros absorvia por completo mi tiempo i me hacia descuidar las prácticas relijiosas que me habia impuesto, comenzó a combatir mi desicion por el estudio que era mi única satisfaccion. Entregábame mis testos a horas determinadas, con escepcion de mi catecismo i de un libro de oraciones. Pero esa restriccion era imposible, por que mi intelijencia tenia sed de ideas. Veíame rodeado de oscuridad i anhelaba la luz.
Poco antes de la muerte de mi abuela, desesperado de ver que no podia desde su lecho socorrer mi indijencia con su mendicidad, ofrecí mis servicios por todas partes, toqué a todas las puertas, brindando mis fuerzas i mis brazos: todas ellas se me cerraron. Acudí a implorar la jenerosidad de la amistad, i la amistad me dió las espaldas. Presentéme entonces a un artesano que tenia un taller de peineteria, como dije a Ud. otra vez, i me aceptó en él. I con el escasísimo fruto de mi trabajo, pude llevar un pan al lecho de mi abuela.