El cura que estaba al cabo de todo esto, i a fin de que mi desicion, quizá exajerada, por el cultivo de la instruccion, no me alejara de las tareas piadosas, me determinó ciertas horas para que fuera todo los dias a trabajar a mi taller. Así lo hacia yo apesar de mi invensible avercion al trabajo material, por que, en fin, estaba yo en el caso de obedecer.

Así pasaron los dias i los años.

El tema favorito de mi conversacion entre mis compañeros de taller, era la triste situacion que la esclavitud impone al negro cubano. Al son monótono de nuestras herramientas lamentábamos, la servidumbre de esa raza que jime oprimida bajo las plantas del amo.

¿Cuándo dejaremos de oir, nos deciamos, el ruido de las cadenas de los pobres negros confundido con sus clamores, i el chasquido del látigo que desangra sus espaldas? ¿Cuándo dejarán de besar humillados la misma mano que asota su rostro abochornado, como si no fueran hermanos de los blancos e hijos de un mismo Dios?

¿I ciertamente no es señor lastimera la suerte de esa raza degradada? continuó Gabriel.

—Tan creo que es así, dijo Manfredo, que te aseguro que pienso como tú, sin embargo de ser español. Me ha contristado siempre que, mis paisanos, los hijos de la metrópoli, esploten el fruto del sudor de la frente del negro infeliz, sin darle en retribucion de sus servicios i de su sumision otra cosa que el condenarlos, con frecuencia a ver su pobre choza devorada por las llamas del incendio, i las cenizas de esa choza aventadas al viento.

—Es que usted señor es un hombre jeneroso, antes que español. I ancía el bien de su patria sin desear el mal de la ajena.

—Pero en fin, Gabriel, continúa la narracion de tu pasado, que ya te he asegurado cuánto me interesa.

—Bueno, señor. Cierto dia al ir de mi taller a la casa del cura me encontré en la calle con dos artesanos que, probablemente, venian de una de las mil casas de juego que plagan, como una peste este país, porque parecian estar algo ébrios; pues usted debe saber, señor, cuanto se entregan los artesanos a todos los vicios, sin escluir los mas repugnantes, en esos lupanares en que se pierde el tiempo, la plata, la moral i la salud.

—Pero bien ¿qué resultó del encuentro?